Hay ciudades que ignoran su gusto americano
y muchos que olvidaron su sabor argentino…
(Antonio Esteban Agüero y Peteco Carabajal)

Por: Adrián Rolfo (Vecino de Jesús María)

Si usted es una más de las personas que desde hace tantos años y con expresiones de descrédito, tiene por costumbre estigmatizar a “este país”, a menudo con el fin de simpatizar a quienes decide frecuentar, o dárselas de conocedor de todas sus características sociales como para resumirlas en razonamientos tan sencillos como prejuiciosos…
Si usted es uno de aquellos que dedican más tiempo, y recursos, a conocer otros países que provincias argentinas y a tal punto simpatiza con todo lo que venga desde afuera, que para volver a establecer un romance efímero con su país necesita que un extranjero le recuerde algunas de sus positivas cualidades….
Si usted es uno más de los distantes hijos de esta patria que se la pasa poniendo la lupa sobre sus deficiencias para compararlas con otros relativamente más desarrollados, y que, por pretender asumir una posición superadora, alcanza la cumbre de la estupidez cuando despotrica contra su país ante la presencia de una persona extranjera…
Si usted es uno más de los que parece no incluirse cada vez que, desde una holgada posición y sin correr demasiado la alfombra, vuelve al ataque resonando los vicios de “este país…”. Debería contemplar la posibilidad, considerando su estrecha y negativa perspectiva del mismo, de que se encuentre viviendo en el país equivocado…
En consecuencia permítame recordarle (porque casi siempre parece haberlo olvidado) que con mucha frecuencia, y casi todos los días del año, modernas y lujosas empresas de transporte se ofrecen a facilitar sus anhelos de vivir en un país mejor que éste…
Permítame además expresarle mi convicción personal de que persistiendo en la enfermiza metodología de intentar educar al “hermano menor” comparándole con las virtudes del “hermano mayor” el único resultado posible es un país malogrado. Limitado por la falta de cohesión y con una desintegración total de la propia identidad que le permite diferenciarse y posicionarse, en principio, cultural y políticamente. En especial recordando la falta de principios humanos sobre la que se asientan cada vez con más crueldad los liderazgos mundiales, muchos de los cuales (no estaría mal que de vez en cuando lo recuerde) tienen sus banderas salpicadas con sangre…
No puede ser el sentido de pertenencia por su país un sentimiento que, algún día, la clase política ha de devolverle, sino  un estado prioritario e incondicional que nada tiene que ver con la ínfima porción de argentinos que ellos encarnan, y una apuesta diaria por vivir en un clima de identificación nacional desde el que puedan nutrirse y desarrollase nuevos líderes capaces de reflejar, en sus decisiones, el mismo sentimiento.