Por: Adrián José Rolfo

Apuntes sobre la discriminación de la que pueden ser parte los alumnos de una escuela local.

…el derecho de admisión, nada nuevo, una sutil manera de disfrazar y legalizar a la discriminación. Lo que si es nuevo para la mamá y para la cabecita inmadura de su niño de 14 años es escuchar estas palabras de un director de escuela secundaria.
Por estos días, la mamá apenas sale de su asombro para ahogarse en angustia. Después de tanto insistir y luchar para que su hijo estudie y haga un paréntesis de responsabilidad en pleno inicio de la edad crítica o “edad del pavo”, se quedó de año.
La advertencia de su escuela: de ”no recibir niños repitentes”, que a principio del ciclo sonaba más a herramienta de persuasión para los alumnos se convertía, en las manos de este señor, en un arma de desintegración social, una palada más de arena para el hormigón que sostendrá los pilares y el futuro de una sociedad desbordada por el egoísmo y la intolerancia. Una sociedad enferma agonizante por la falta de elementos integradores y de contención y el exceso de puertas que se cierran, con crecientes niveles de delincuencia como síntoma más claro de la exclusión.
Dejarlo sin banco en su escuela de todos los días, escuela subvencionada por la provincia en la que nació, y por el dinero que aporta su familia en forma de impuestos, con ninguna responsabilidad en conseguir otro y menos con el nivel de exigencia que un niño de su edad y en su etapa de crecimiento necesita, provincia que debiera velar por la integridad moral de todos sus habitantes y mucho más por la de sus niños. Este es el castigo para Matías, tan inquieto y cabeza dura como respetuoso y ante todas las cosas un niño, un niño en pleno desarrollo y confusión. Este es el estigma que Matías, destacado por la misma escuela unos meses atrás por asistencia perfecta por exclusiva propia voluntad, recordará cada día que vea otros niños con su mismo ex-uniforme y cargará en su cabecita quien sabe por cuánto tiempo.
Ese es el castigo para su mamá, agotada y sin su merecido descanso de vacaciones después de un intenso año de cumplir horarios de comercio, de hacer horas extras como ama de casa, de ser mamá y papá al mismo tiempo y hasta ahora expectante a los exámenes de recuperación.
Su hijo repite el segundo año, un balde de agua fría para las ilusiones de cualquier mamá, pero no parece ser suficiente, tenía que soportar otra desilusión más grande y no de otro niño, sino de un grande. Un grande sólo de edad al frente de un establecimiento con la misma orientación religiosa del niño y su madre.
Muchas veces he visto a esta mamá pedirle a Dios por el futuro de su hijo, “No hay banco para Matías” es la paradójica respuesta de su escuela religiosa, escuela ubicada sobre un camino que forma parte de nuestra historia y por el que pasaron valientes hombres, camino que todos los días transitó un valiente niño que supo afrontar y sortear grandes ausencias, escuela a la que Matías no quiso faltar ni un sólo día.