Por: Luis Pastawski y Lucas Contreras (Vecinos de Jesús María. Ex coordinador y ex secretario de la Comisión del Bicentenario, respectivamente).

La película del director James Cameron, Avatar, va camino a ser multipremiada, pero aquí sirve como disparador de reflexiones.

Pandora ha trascendido la mitología griega. El planeta que sirve de escenario al film estadounidense Avatar tiene ese nombre.
En el siglo XXII un ex-Marine es reclutado para viajar a Pandora, intacto ecosistema, donde las corporaciones están extrayendo un mineral que es la clave para resolver los problemas de la crisis energética de la Tierra.
El ex soldado ha recibido la misión de infiltrarse entre los Na´vis, una comunidad humanoide local, los cuales se han convertido en el mayor obstáculo para la extracción del mineral. Ante la toxicidad de la atmósfera de Pandora, se ha creado el programa Avatar, en el cual los humanos “conductores” tienen sus conciencias unidas a un avatar, un cuerpo biológico con la anatomía de un Na´vi controlado de forma remota que puede sobrevivir en el aire letal. Este ex soldado, en un cambio de actitud, será uno de los líderes de la “resistencia local” al imperio que intenta dominarlos.
Más allá de la espectacularidad de la historia, su discurso político no es menos extraordinario. El predominio de un fuerte mensaje ecológico y de respeto cultural abre nuevos caminos en el alienado campo de la cultura ambiental masiva.
La película del director James Cameron es, además de un atractivo visual impresionante, el refugio para una historia metafórica y, como suele suceder, con algunas contradicciones, humanas contradicciones…
Pandora, el planeta de los Na´vis, es una concepción clara y articulada sobre la cuestión de que cualquier ecosistema está animado y es sensible; la naturaleza es una red de infinitas conexiones que ante la menor perturbación reacciona, responde.
Pero esta historia no está tan lejos en el espacio y en el futuro. Hoy, ese mineral tan codiciado de la ficticia Pandora tiene nombres muy conocidos en nuestro “ real planeta”. Depende donde nos paremos, el nombre de lo codiciado variará.
En la Argentina del Bicentenario, el paralelo de la historia de ficción con la minería a cielo abierto es desgarradoramente correcto. Desde hace años los métodos de minería intensiva han sido una marca registrada de las tragedias silenciadas de las provincias cordilleranas.
Cientos de comunidades pagan un trágico precio por emprendimientos de extracción minera, con ecosistemas profanados y saqueo de los recursos naturales.
A nuestro alrededor, se oculta tras una máscara gastada una explotación tan devastadora y nociva como la de Pandora.
El afiebrado monocultivo de soja, que seca nuestra tierra más cercana, la lucha por el agua dulce y potable, por el petróleo, por la riqueza de nuestro mar son motivos de nuestras propias historias bicentenarias.
Hace pocos días, el pueblo de Andalgalá (Catamarca) reaccionó a la instalación de estas explotaciones, sobrellevando una brutal represión y una censura general (sólo quebrada por los medios públicos nacionales)
Estos sucesos son señales de un cambio. Paulatinamente, los discursos, antes en boca de muy pocos, se van generalizando. Aunque el camino no es simple y las contradicciones son muchas.
Hasta en la ecológica película Avatar, la científica líder de la expedición cede a su impulso de fumar un cigarrillo al salir del módulo de conversión. Nos preguntamos, ya sin ingenuidad: ¿Serán gratuitas estas imágenes?
Consideramos que no hay política ambiental que pueda ser sostenida sin el apoyo y reflexión crítica de la sociedad civil. Al cambio no se lo espera pasivamente sólo desde el cine; por eso, tanto nuestro elogio como nuestra dureza conceptual con algunas imágenes de la película de Cameron.
Dice el antropólogo Wave Davis: “si usted observa el mundo, el cambio no amenaza a la cultura. Todas las culturas siempre se han adaptado a los nuevos medios disponibles para vivir. No es el cambio lo que amenaza la integridad de la cultura: es el poder”.
Y parece ser que la misma naturaleza comienza a resistir el poder destructivo de unos pocos poderosos, y ya no serán solo sus consecuencias un puente destruido.
Si la sociedad civil no se decide por “la resistencia” a tiempo, la Caja de Pandora se abrirá, trayendo cada vez más sequías, inundaciones, calores infernales, fríos glaciares. Entonces, como en el lejano planeta de James Cameron, la vida, dolorosamente, se abrirá camino.

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