Quienes padecen de ataques de pánico experimentan sensaciones de terror y sintomatología física apremiante que les llega repentina y repetidamente sin previo aviso.

El trastorno de pánico tiene numerosos síntomas que van desde palpitaciones y dolores en el pecho hasta mareos o vértigos, náusea o problemas estomacales, sofocones o escalofríos, falta de aire y sensación de asfixia, hormigueo o entumecimiento, estremecimiento o temblores, sensación de irrealidad, terror, sensación de falta de control o de estar volviéndose loco, temor a morir, y transpiración, entre otros.
Quienes lo padecen no pueden anticipar cuándo les va a ocurrir un ataque de pánico y muchas personas pueden manifestar ansiedad intensa entre cada ataque y el siguiente al preocuparse sobre cuándo y dónde les llegará. Mientras tanto, existe una continua preocupación de que en cualquier momento se va a presentar otro ataque de pánico.
Cuando le llega un ataque de pánico, lo más probable es que el afectado sufra palpitaciones y se sienta sudoroso, débil o mareado. Puede sentir cosquilleo en las manos o sentirlas entumecidas y posiblemente se sienta sofocado o con escalofríos. Puede experimentar dolor en el pecho o sensaciones de ahogo, de irrealidad o tener miedo de que suceda una calamidad o de perder el control. Quien sufre un ataque de este tipo puede, en realidad, creer que está sufriendo un ataque al corazón , que está perdiendo la razón o que está al borde de la muerte. Los ataques de pánico pueden ocurrir a cualquier hora aun durante la noche mientras uno duerme, aunque no esté soñando.
Casi todos los ataques duran aproximadamente dos minutos, aunque en ocasiones pueden durar hasta 10 minutos. En casos raros, pueden durar una hora o más.

Un mal de nuestro tiempo
El trastorno de pánico ataca cuando menos al 1,6 por ciento de la población y es doblemente más común en las mujeres que en los hombres. Puede presentarse a cualquier edad, en niños o ancianos, pero casi siempre comienza en los adultos jóvenes.
No todos los que sufren ataques de pánico terminan teniendo un trastorno cronico; por ejemplo, muchas personas sufren un ataque y nunca vuelven a tener otro. Sin embargo, para quienes padecen de trastornos de pánico es importante obtener tratamiento adecuado.
Un trastorno así, si no se atiende, puede resultar en invalidez.
El trastorno de pánico frecuentemente va acompañado de otros problemas tales como depresión o alcoholismo y puede engendrar fobias, relacionadas con lugares o situaciones donde los ataques de pánico han ocurrido.
Por ejemplo, si alguien experimenta un ataque de pánico mientras usa un ascensor, es posible que llegue a sentir miedo de subir a los ascensores y posiblemente empiece a evitar usarlos.
Las vidas de algunas personas con ataques de panico han llegado a hacerse muy restringidas porque evitan actividades diarias normales como ir al supermercado, manejar un vehículo o, en algunos casos hasta salir de su casa.
O bien, pueden llegar a confrontar una situación que les causa miedo siempre y cuando vayan acompañadas de su cónyuge o de otra persona que les merezca confianza.
Básicamente, evitan cualquier situación que temen pueda hacerlas sentirse indefensas si ocurre un ataque de pánico. Cuando, como resultado de este mal, las vidas de las personas llegan a ser tan restringidas como sucede en casi una tercera parte de las personas que padecen de trastornos de pánico, se le llama agorafobia.
La tendencia hacia trastornos de pánico y agorafobia tiende a ser hereditario. Sin embargo, un tratamiento oportuno al trastorno de pánico puede frecuentemente detener el pro-greso hacia la agorafobia.
Muchos expertos e investigadores, incluidos los doctores David Carbonell y Giorgio Nardone, describen los ataques de pánico y el trastorno de pánico como una trampa (muy eficaz) en dos ámbitos fundamentales. En primer lugar, la trampa del que sufre una crisis consiste en creer que lo que está viviendo es peligroso (es decir, surgirá un ataque al corazón, un desmayo, se perderá la razón, se perderá el control) cuando realmente un ataque de pánico no presenta ningún peligro en absoluto. En segundo lugar, los afectados caen en la trampa de hacer cualquier cosa que creen que les ayudará a evitar las crisis cuando lo que realmente hacen es empeorar los ataques de pánico. Estas actividades incluyen comportamientos de evitación, tratando de controlar los ataques de pánico, luchando contra ellos, cayendo en supersticiones y rituales para evitar ataques de pánico y conseguir autoprotección. Es decir, lo que se hace para enfrentarse a los ataques de pánico termina por perpetuarlos, en la mayor parte de los casos.

Fuente: Red Metropolitana de Salud Mental /www.redsaludmental.com

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