Por: Silvia Chalup (Docente del IPEM 272)

En esta oportunidad me siento frente a la compu para hacer algo que sé que me va a costar con el correr de los días. Soy consciente de que falta mucho todavía para cerrar el año y hacer balances. Sin embargo, no puedo dejar pasar a las musas que han bajado hoy y empiezo a escribir lo que será una de las muchas despedidas del año 2009.
Es tanto lo que pasó este año, por lo menos a mí me pasaron muchas cosas, que considero que hoy- más que nunca- es importante cerrar capítulos, “soltar” a alguna gente, dar vuelta la página y mirar para el frente, aunque por dentro sienta que mi corazón se hace añicos y que el aire entra a mi cuerpo con dificultad cuando pienso en ello.
Es inevitable pensar en una despedida sin asociar la palabra a términos como tristeza o añoranza del tiempo que se fue (tal vez es una visión muy pobre de lo que es la finalización de algo, pero es lo que siento) y que ya no volverá.
Soy una convencida de que somos seres imperfectos porque- y gracias a Dios- a pesar de que sabemos que “todo concluye al fin y nada puede escapar” (como dice la canción) apostamos y abrimos nuestro corazón y nos encariñamos sabiendo secretamente que en algún momento tendremos que sentir en la boca ese gustito amargo del ADIÓS.
Y cuando pienso en esto me pregunto por qué lo hacemos y, a diferencia de lo que podría haber surgido como respuesta en años anteriores, la respuesta que surge es porque eso es vivir. Al fin de cuentas, eso es lo que le da sabor a la vida: conocer, descubrir los pequeños detalles de la gente, encariñarse, sentir que ya nada será igual porque es esa gente la que nos ha enseñado ese “algo” que desconocíamos y que ahora nos hace más sabios, sufrir por las miles de desventuras que hemos pasado con ellos, sonreír al evocar esos miles de instantes que nos hicieron sentir que íbamos a morir de felicidad o que nuestra cara no podía expresar la felicidad que nos invadía…
Y creo que a esto lo aprendí este año (dicen que nunca es tarde para aprender estas cosas).
Entonces, no me preocupa sentir que con cada despedida un pedacito de mi alma y de mi corazón se irá, porque también yo contaré con miles de pedacitos de almas y de corazoncitos. Por eso, y aunque todavía no me sale el chau, sí siento que puedo empezar a “soltar la rienda” con la que até a comienzos de año a mis alumnos de segundo F, de cuarto A y D, de quinto B, de sexto A y F, a mis “cabos” de Gendarmería, a mis proveedores de libros y de saberes (extraño a Filomena), a los amigos que toman nuevos rumbos…
Creo que éste es el mejor escrito que he redactado en mi vida de “escribiente” porque, a diferencia de todos los anteriores, está escrito con las humildes palabras del corazón.
Resta decir adiós, pero no me sale, por eso me conformo con el hasta pronto, que es más genuino y que sale de mi corazón con agujeritos y parches…

PD: Tengo que aprender que Ricky Martín no sabe lo que dice cuando canta “cómo decirte adiós cuando todo es normal, no me has dado ni un solo motivo…”, porque al fin de cuentas con esa idea no se crece.