Por: Pablo Bertorello (Licenciado en Comunicación Social)

Conocedor preciso en materia educativa, médico, docente e investigador. Ex rector de la UBA, actualmente preside la Fundación Carolina de Argentina (FCA) y es miembro de la Academia Nacional de Educación. A Guillermo Jaim Etcheverry, autor del betseller “La tragedia educativa”, le sobran credenciales para brindar una panorama esclarecedor de la situación educativa en nuestro país.

¿Dónde radica la tragedia educativa?

-La tragedia educativa reside en la falta de interés por la educación por parte tanto de la sociedad como de sus responsables políticos. Esa actitud se pone de manifiesto en los escasos sacrificios que realizan tanto la sociedad – inversiones, jerarquización de los docentes, recursos puestos a disposición de las escuelas – como las personas – comprensión de la importancia de la tarea que llevan a cabo la escuelas, disposición para realizar el esfuerzo que supone aprender, entre otras razones.
Todos los estudios demuestran que la Argentina tiene relativamente pocas personas educadas, que registra marcadas diferencias en lo que respecta a la educación que reciben esas personas de acuerdo con el nivel socio-económico del que provienen y que la calidad de la educación de quienes la han recibido es escasa.

¿Es verdaderamente un problema mundial o es sólo una excusa?

– La crisis de la educación constituye un problema que afecta a la civilización occidental que se encuentra atravesando una etapa en la que los valores cambian velozmente. La escuela está vinculada con la transmisión de la herencia cultural que tiene por objeto no solo que niños y jóvenes adquieran conocimientos sino también que, al hacerlo, desarrollen sus cualidades intelectuales, las herramientas que les permitirán desempeñarse en un mundo cada día más complejo. No hay que perder de vista que de la escuela deberían salir personas que comprendan lo que leen, que cuentan con cierta capacidad de abstracción, que les proporciona el ejercicio de la matemática, que puedan orientarse en el tiempo histórico y que puedan trabajar junto a otros.

Usted suele decir que antes los padres iban a la escuela a ver qué había hecho el hijo, ahora van a ver qué le hicieron al hijo. ¿Cuál es la responsabilidad de la familia?

– Efectivamente, se ha resquebrajado, por no afirmar que se ha roto, el pacto sobre el que se basó hasta ahora la educación que suponía la asociación de los padres con los maestros para educar a sus hijos. En la actualidad, los padres parecen haberse aliado a sus hijos en contra de la institución escolar a la que perciben como una estructura diseñada para oprimir a las pobres víctimas que son los alumnos. Es una institución que posee un bien, la certificación, y que establece una serie de condiciones, aprender, para darlo. La lucha se ha entablado para lograr que esas condiciones sean cada vez menores, más laxas.

¿Cuál es el papel de los docentes dentro de este cuadro de situación?

– Los docentes deberían constituir el elemento esencial del sistema. Su función es conocer a fondo lo que enseñan para lograr entusiasmar a sus alumnos con ese conocimiento. Eso no siempre resulta ser así. No pocas veces los docentes prestan mayor atención a la manera de enseñar que a lo que enseñan olvidando que lo que realmente interesa es el conocimiento. Por otro lado, la desjerarquización a la que los somete la sociedad hace que la docencia no se constituya en una alternativa profesional deseable para jóvenes estudiosos y deseosos de dedicarse a una tarea socialmente valorada.

Actualmente se habla el ingreso a la sociedad del conocimiento, ¿esta afirmación es pertinente en nuestro país?

– Es muy frecuente escuchar hablar de que vivimos en la sociedad del saber y del conocimiento pero, a poco que investiguemos los conocimientos concretos de nuestros jóvenes, comprobamos que parecería que estamos tratando de ingresar a esa sociedad por la puerta trasera, la de la ignorancia. Los resultados del estudio PISA en el que se comparan los conocimientos de jóvenes de 15 años en numerosos países del mundo, confirman nuestro retraso. Así, por ejemplo, en términos generales, en la evaluación de 2006 y en relación con los 57 países analizados, en lo que respecta al rendimiento en matemática, la Argentina ocupa el puesto 52; en comprensión lectora el 53 y en ciencia el 51. Ubicaciones relativas similares ocupábamos en el estudio del año 2000. Estos resultados no hacen sino confirmar los que arrojaron las distintas evaluaciones de calidad que se han realizado en el país y que mostraban, por ejemplo, que la mitad de los alumnos que completan la educación media no comprende lo que leen.

Favaloro manifestó que “la ignorancia es la única habilidad que no necesita perfeccionamiento”, ¿existe una carencia de esfuerzo en torno a la educación?

– Ese es el núcleo central de la cuestión y refleja el horror al esfuerzo que experimenta la sociedad contemporánea. Mientras no se vuelva a instalar la idea que aprender algo representa un esfuerzo personal – por parte de un alumno interesado por los docentes, guiado por ellos y apoyado por los padres – seguiremos obteniendo los bajos resultados comentados.

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