Por: Daniela Tessino (Alumna de 5º del Colegio Nuestra Señora del Huerto)

Lo irán a leer vosotros. Valdrá la pena tomarse unos breves minutos. Está escrito desde la mirada de los 16 años. Tiene la sabiduría de la inocencia, a la cual se la ha denostado en estos tiempos súper-tecnológicos. Los jóvenes tienen también la capacidad de enseñar a los adultos a crecer, para que seamos mas respetuosos de las diferencias y nos hagamos cargo de sus nuestras responsabilidades sin culpar de los hechos al otro/a. (Juan Manuel Garcia Escalada)

Un hombre que habitaba cerca de las montañas y que siempre salía a caminar para apreciar la inmensidad e imponencia de esos colosales “ancianos de piedra” para ver si podía dilucidar las respuestas a las innumerables preguntas que en su mente surgían, se encontró con un joven de aspecto divino que contemplaba las tierras que se extendían bajo un risco.
El joven apenas si se volvió hacia el hombre, pero éste sintió que por fin había encontrado quien le dé las respuestas que por tanto tiempo las montañas le habían negado.
– ¿Qué sentido tiene la vida?, preguntó sin vacilar.
El joven siguió sin mirarlo, pero comenzó a hablar:
– Aunque soy inmortal, y sé que nada puede “quitarme la vida”, vivo cada instante como si fuera el último, porque nunca sabré cuando mi vida cambiará. Hace unos años, tú vivías en la ciudad y nada te preocupaba, pero un día te despertaste con una pregunta, que rápidamente se convirtió en cien más y por eso decidiste venir aquí, para buscar una respuesta.
Tu vida cambió. ¿Si hubieras sabido esto, no crees que habrías disfrutado completamente esos días en que todo estaba bien y tenías paz, aún en los malos momentos?. Siempre somos conscientes de que lo que nos rodea va a cambiar, pero la rutina y el tiempo adormecen nuestros sentidos y vuelven el mensaje incoherente. Cuando la vida cambia nos obliga a ver de otra forma y pensar distinto. ¿Cuántas veces habremos deseado saber lo que vendrá para poder cambiarlo? ¿Haber aprendido sin necesidad, justamente, de “vivirlo”?. Algunos piensan que ser inmortal es una tortura, y más de una vez yo mismo me lo he preguntado, pero siempre he llegado a la conclusión de que he muerto y revivido en más de una ocasión. ¿Acaso no nos sentimos vacíos y fríos cuando estamos tristes y solos, cuando la desesperación nos inunda, cuando las dudas nos acosan, cuando ni en el sueño encontramos paz?. ¿Acaso no es eso morir?. Y así mismo, ¿No es vida el sentirnos bien sin razón, el contagiar alegría y reír, el estar llenos de energía y querer abarcarlo todo?. No por ser diferente no muero y vivo, aunque de otra forma, quizás menos trágica. Pero no creas que la muerte es mala y significa sufrimiento. ¿Qué sería de nosotros sin esos momentos de profunda reflexión, que sólo se dan cuando tocamos fondo?. Hay que aprender a disfrutar de la soledad y de la compañía. A veces queremos sentirnos “mal”, y eso es un signo de que necesitamos analizar todo lo que hacemos cuando estamos “bien”. Para mí, comprender el significado de la muerte no es más que comprender que no existe la felicidad eterna si no sabemos como obtenerla. Que ser feliz no es sólo sonreír, sino sentir el momento, que es necesario tocar fondo para saber cuánto hemos avanzado. Por otro lado ¿Cómo podríamos apreciar la vida si no existiera la muerte?. Jamás existió la eternidad, porque jamás nada, ni nadie ha permanecido sin cambiar.
La vida sólo tiene sentido cuando creemos en algo, aunque sea creer en que no se cree en nada. Entonces, la vida siempre tuvo, tiene y tendrá sentido, al menos para el que quiera verlo. A pesar de todo lo que he dicho, de lo único que estoy seguro es que algún día, quizás, yo mismo diré que esto carece de sentido, porque habré cambiado”.
Cuando terminó, y sin agregar una palabra más, comenzó a descender la cuesta. El hombre se sentó en el borde del risco y guardó silencio. Quería sentir el momento, porque sabía que no podría vivirlo eternamente.

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