Una inmigrante en siete relatos


Por: Silvia Visintini (fue inmigrante argentina en Italia durante los ´80)

A propósito del Día del Inmigrante, el 4 de septiembre.

1. Partir
Sucedió tiempo atrás, cuando mis padres junto a mis hermanos me llevaron al Puerto de Buenos Aires y en un barco inicié el recorrido de una parte de mi vida…
Desde aquel momento, pensé en mis antepasados, más precisamente en mi bisabuelo friulano que junto a tantas otras personas, un día dejaron su tierra.
Fueron tiempos, circunstancias y motivos diferentes los que impulsaron a que cada uno decidiera partir.
Yo, en busca del amor; ellos, del progreso. Abandonaron todo en pos de un futuro mejor, de “far l´America”…
Llegaron acompañados, eran once personas –entre ellos había algún matrimonio- más los padres de apellido Visintini (que así figura en la carta de embarco). La mayoría sin esperanzas de regresar a su patria alguna vez y sin una idea aproximada del lugar que encontrarían del otro lado del océano.
Mi bisabuelo partió en 1880 y su viaje duró alrededor de 30 días.
Por mi parte, viajé sola un 11 de marzo de 1984, fueron 15 días de travesía. Antes, había ya conocido Italia, más precisamente el lugar adonde me dirigía, que sería después mi destino, mi lugar en el mundo, mi casa.

2. La espera
Había tomado ya la decisión de partir…
A medida que pasaba el tiempo y el gran día se acercaba, con cuidado evaluaba y elegía las cosas que más amaba: las poesías, los libros en los cuales me habría refugiado posteriormente. Las fotografías de mis seres queridos, que habría mirado después.
Todos estos han sido para mí compañeros inseparables que en horas de nostalgia fueron, de alguna manera, un alivio para mi alma.
Los inmigrantes –antes de partir- ¿qué habrían llevado con ellos?

3. La separación
Hablando de sentimientos, seguramente habrán sido los mismos, aquellos vividos por mí, así como también por toda esa gente que dejó su tierra.
Pienso en este momento, en lo que sentí aquel lejano día.
Dejé con abrazos y lágrimas a las personas más queridas, aquellas con las cuales había compartido mi vida hasta ese momento.
Separarse… fue como dejar una parte de mi corazón en Argentina y llevarme aquella que quedaba.
El barco… el muelle… la valla que separaba a los que se quedaban de los que se iban.
Desde allí, mi hermano mayor se trepaba como para prolongar el saludo…
Muchos de los parientes tenían en sus manos una cinta que unía a la persona que se iba y al ponerse en marcha la nave y con el avanzar, ese lazo se cortaba. Yo no resistí, no hice eso, era demasiado desgarrador. Me fui adentro… mis lágrimas de despedida al alejarse, dibujaban borrosas la imagen de mi Argentina… el dolor oprimía mi corazón.

4. El trayecto
El mar, nada más que el mar…
La nave, el mismo medio de transporte que utilizaron Ellos, los inmigrantes.
La mía, tan bella de hacer algo menos doloroso el sufrimiento y que la angustia de ese momento conmovedor, tuviera algo de alivio.
Alejarse de la costa, tomar distancia, es allí donde se descubre la verdadera dimensión de muchas cosas.
Es el momento en el cual se aprecia, se valora todo lo que se deja, lo que ya no está: los principales afectos de los que se nutre la vida –madre, padre, hermanos, sobrinos-. El paisaje y sus perfumes.
La tierra que nos vio ir a la escuela, que nos vio llorar, que nos vio reír, que nos vio crecer.
¡Cuántos recuerdos! ¡Cuánta nostalgia! ¡Cuántos temores ocultos dentro de mi corazón!
Por otra parte, tanto Ellos como yo, ¡Cuánto valor, cuánto coraje! Sólo Dios, nuestras mentes y nuestra memoria lo saben…

5. La llegada
El gran primer paso había sido dado.
El tan ansiado día había llegado. Al Puerto de Génova, yo: la emoción, el reencuentro. Al Puerto de Buenos Aires, Ellos: la sorpresa, el asombro, el impacto de ver ese nuevo escenario donde continuarían sus vidas.
Cada uno paso a paso, enfrentando su nueva realidad.
Asimilando experiencias, construyendo…
Pensando en nuestros ancestros, en lo que Ellos hicieron un día, todo esto que viví fue como rememorar y rendirles homenaje, en un fragmento de mi vida.

6. El aprendizaje
Podría resumir diciendo: ser inmigrante ¡Cuánto significado encierra esta palabra!.
Es… abandonar la propia tierra, a los seres queridos.
Dejar el pueblo, el propio idioma, las imágenes de la infancia, para dirigirse hacia un mundo nuevo, desconocido, con sus tremendas cargas emocionales, incertidumbres, misterios, donde se mezclan las esperanzas por el futuro con los temores del sufrimiento.
Ser inmigrante: es como nacer de nuevo, sólo, sin la madre al lado, plantando en otro lugar las raíces que deben adaptarse a costumbres extrañas y a lenguajes incomprensibles.
Gracias a la ayuda de Dios, a la fe, al coraje, al gran espíritu de lucha, y a la perseverancia se realizaron concretamente los sueños de “los heroicos aventureros” y en la cosecha maravillosa que son sus descendientes. Como uno de Ellos, fui testigo en otro tiempo, en otro lugar de aquellos sentimientos que albergaron en su corazón y de las vivencias que nuestros antepasados también experimentaron.
Todo este cúmulo de experiencias con infinidad de encuentros con una cultura, una sociedad, y un idioma diferente, han enriquecido mi vida.

7. El regreso
Un día regresé a mi patria.
Ellos: no sé…
Probé la felicidad de volver a abrazar a mi familia, a mis amigos, a mi tierra.
Y para terminar diría con respecto a mi regreso “que ha sido como reencontrar aquella otra mitad de mi corazón que había dejado tiempo atrás en Argentina”.

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