“Tenemos una de las mejores televisiones del mundo” dijo un famoso conductor de televisión al recibir un premio a su trayectoria, según un periódico cordobés. Tremenda fue mi sorpresa al leer esto. Si lo que dijo este señor es verdad, la pregunta más urgente que viene a mi mente es ¿cómo será la peor?
¿Cómo será la gente que mira televisión en esos países en los que ésta es “menos mejor”? ¿Qué clase de productos consumirán diariamente? ¿Cuál será la importancia de la información que llega a sus casas? ¿Cuál será la capacidad creativa, analítica y reflexiva de esos televidentes? ¿Cuál será el sentido de pertenencia a su país y la identificación con su cultura y costumbres autóctonas? ¿Cómo serán las imágenes y espectáculos que se televisan allí, esos que aquí despiertan y agitan los deseos, impulsos y conductas más primitivas y pervertidas en la mente de niños, adolescentes y, lo que es mucho peor, en la de quienes manejan las riendas de la familia? ¿Hasta qué punto se bombardearían con estereotipos de consumo, de conducta y de opinión los puntos más vulnerables de la percepción en aquellos televidentes?
Si en verdad nuestra tele es una de las mejores ¿significa que aún podría ser peor?
Pensé que estas preguntas podrían ayudarme a encontrar una buena explicación a semejante afirmación pero la verdad es que todavía no puedo salir de mi asombro. Creo que lo más sano o la opción menos preocupante será tratar de pensar que este señor en realidad intentaba convencerse y convencernos de que él mismo forma parte no de una de las mejores sino, con mucho optimismo, de las “menos peores” televisiones.

Adrián Rolfo

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