La burocracia entorpece la adopción


En Argentina hay 16.600 chicos huérfanos o abandonados, según un informe realizado por la Oficina de Unicef en nuestro país.

La mayor traba que impide al 85% del total de los niños tener una familia es burocrática. Para que un menor pueda entrar en guarda con fines de adopción, la Ley Nacional de Adopción (24.779) exige que se cumplan dos requisitos: que pase más de un año sin recibir visitas familiares y que pueda comprobarse el abandono total.
Tal como está planteado todo, si una criatura recibe la visita de su madre una vez cada ocho meses, ese encuentro es suficiente para invalidar la posibilidad de una adopción y tener que esperar un año más.
“Muchos chicos pasan hasta diez años en este circuito: para ellos, es toda su vida. Cuando llegan a los 18 años y salen del instituto, ¿adónde van? Están sin familia, en la calle, sin futuro… Lo más probable es que salgan a delinquir. Por eso es que, como mínimo, es imprescindible que se revea este plazo de un año de abandono para otorgar la adoptabilidad. Debería ser menor”, explica Leonor Wainer, psicóloga y presidente de Anidar, una asociación civil que asiste a padres y madres que quieren adoptar.

La espera
El plazo de un año no es la única traba que existe en el momento de adoptar. Además de los delitos que son denunciados cada tanto –referidos, principalmente, al tráfico de niños–, hay problemas organizativos que lentifican todo el proceso.
No existen, por ejemplo, tribunales específicos de adopción. Además, los padres “candidatos” deben llevar los legajos personalmente a cada juzgado, sin mencionar que en algunos juzgados hay que actualizar esa carpeta cada seis meses.
Por todo esto, una pareja que quiere adoptar a veces tiene que costearse dos viajes anuales a cada una de las provincias con las que quiera entrar en contacto.

La presencia ausente
Una vez que un niño crece, es más difícil que encuentre una familia que quiera adoptarlo. Por eso es que Edgardo Schapachnik, miembro de Anidar, es un caso especial: él quería, expresamente, que sus hijos adoptivos fueran grandes.
Luego de tener dos hijos biológicos (que ahora tienen treinta y tantos años), Schapachnik quiso agrandar la familia junto a su nueva pareja. Como ambos ya eran grandes, decidieron adoptar con la premisa de que los nuevos hijos no podían ser bebés, para que la diferencia de edad con los padres no fuera tanta. Ahora Schapachnik tiene un hijo de 12 años y está en proceso de adopción de uno de 18.
“Lo que nosotros notamos con estos dos nuevos hijos que hay en la familia es que llegan a la adolescencia sin haber tomado nunca una decisión sobre sí mismos –advierte–. Si les das guiso, comen guiso; pero si los llevás a un restaurante y ven una carta con decenas de posibilidades, se pierden. No pueden. Es un gran aprendizaje para ellos lograr tomar una decisión. Son chicos que crecieron sin la posibilidad de poder decir ‘pa, ¿me comprás una coca?’. Desde el punto de vista moral, ético y psicológico, eso es un crimen. Hay miles de chicos institucionalizados. Hay miles de familias que estarían dispuestas a brindarles amor. Y hay algo en el medio que impide que ese encuentro se produzca”.

Fuente: informe de Josefina Licitra para el diario Crítica de la Argentina en su edición del ocho de agosto de 2009.

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