Por: Juan Manuel García Escalada (docente, psicólogo social)

Una charla de café disparó reflexiones sobre la necesidad de revitalizar la educación.

Es mediodía del sábado. Mi almuerzo es frugal. Una pequeña ensalada de zanahoria y hojas de lechuga morada, francesa, criolla y achicoria tierna. Comeré queso, unas salchichas light con arroz integral y un trozo de pan de la panadería Italia. Mi copa de vino contiene un Colón Riesling de San Juan. Es un vino exquisito y la última botella la compré en el supermercado Roldán. Es una pena que no se produzca más… No es necesario ser creyente para dar gracias por la comida en nuestras mesas. Amen. Y me pongo a repasar las horas de la mañana…
Me desperté antes que el sol y comí frutas de estación. Volví a la cama y encendí la radio. ¡Oh my God! Palabras vacías, tedio comunicativo. Nada es casual en los medios audiovisuales. Apagué la radio y tomé el libro que estoy leyendo, Creencias y Religiones.
Desde el infinito histórico leo sobre el hombre y la mujer. Parece que cada vez estamos más estúpidos. Me levanté e hice ejercicios de Tai Chi Chuan. A los 57 años el cuerpo necesita movimientos, tanto físicos como sexuales, para mantener a tono los músculos, el aparato genital, y el amor a la vida… Sentí hambre, hice tostadas de pan de horno a leña con mendicrim (¡Cómo me gusta el mendicrim!) y miel, junto a una taza de mate cocido bien cargadito y caliente. ¡Placer total!. Luego, ducha, ropa informal y a la calle. Ya estaba el sol calentando el aire.
Pasé por lo de mi médico. El tipo no necesita de merchandising. Es médico y, al decir del romano Giulio Cesare, cumple lo de ser y parecer el profesional que es. El tipo sabe, conoce y se actualiza. Y además nos enfrascamos en charlas que van desde arte, cine, libros y comidas. Se llama Julio Dalla Costa. Nos vamos a tomar el café a la Vieja Terminal, donde los hermanos Angelini preparan unos “cortados” con la sabiduría de los bares de parroquianos.
Entre una idea que va y otra que viene, hablamos de la universidad y el educación…
Estoy en mi almuerzo y saboreo mi única copa diaria de vino y pienso en lo que hablamos en el bar: “… La educación debe aportar para descubrir la riqueza interior. Educar para SER, ya que ello permite cumplir lo de Objetivar, tener Coraje y Responsabilidad para las adultez. Estamos en lo de siempre, en el cambio perpetuo. La diferencia es que es veloz este cambio. Estamos ante cambios geológicos que presenciamos, impensables en otro momento humano. La velocidad del cambio hace que la escuela-educación no pueda ser útil con el modelo vigente. La velocidad hace que los profesores ya no puedan ser útiles con el estilo antiguo de enseñar. Hay que desarrollar la inteligencia antes que la memoria, porque ésta no alcanzará a comprender los procesos de cambio. Dar información anticuada a los jóvenes se los daña y los profesores sufren los efectos en lo personal. No les servirá para el futuro, que ya es constante, y les impedirá el crecimiento…”
He terminado de almorzar. Mi postre ha sido un trozo de torta de Casa de Angela. La panadería-pastelería de Colonia Caroya. Para el final, un té de manzanilla y cedrón.
Me pongo a lavar la vajilla mientras escucho música de Los Hermanos Toledo, los “tíos” del Dúo Coplanacu. Me preparo para una caminata por la ciudad. A determinadas horas, las calles muestran facetas discretas e indiscretas de su vida socio-cultural, en lo temporal-geográfico.
Camino y observo el shoping a cielo abierto, que ha desdibujado el centro. Al decir del francés Marc Auge, se va transformando en un “no lugar”. La ciudad se estandariza con cánones ajenos a su historia y no logra conjugar idiosincrasia y presente, para hacerla interesante y vigente a los propios ojos y al de los extraños. Camino…Camino… La tarde se ha ido lentamente con un sol invernal cálido. Regreso. Esta noche me quedaré en casa. No tengo televisor. No lo extraño.
Me preparo la merienda-cena. Manzanas, y luego unas tostadas de pan negro con queso cremoso y mermelada de naranja y un té clásico. Escucho música de Chévere, Los Cafres, Sonic Youth y Ornella Vanoni. Luego me pondré a leer. Hoy dormiré solo. Me iré a la cama a leer un buen trozo del libro Las Primas de Aurora Venturini hasta que llegue el sueño. Haré un breve repaso de las horas vividas y al decir de Mafalda: “El mejor momento de la vida es estar vivo”.
Mañana domingo, una de las cosas que haré, será ir a Aladino tomar un “cortado” y a leer Primer Día. El ruso León Tolstoi decía: “Pinta tu aldea y serás universal”.
El diario de aquí me lo irá contando. Chau…