Quienes están al frente de las instituciones deben afrontar el desafío de lograr que sus integrantes tengan sentido de pertenencia.

Son complejos los mecanismos que determinan que uno se sienta parte de algo, sea de un club, un grupo de fanáticos, o de una ciudad.
Uno se siente parte de algo cuando siente empatía con otros integrantes de la organización, cuando siente que hay objetivos comunes por los que luchar, y cuando luchar por esas convicciones se transforma en un leit motiv.
Lo saben los que no se pierden una tarde en la cancha de su club amado. Lo saben los que integran una facción partidaria. Lo saben los que se sienten ciudadanos comprometidos con su ciudad.
Hacen falta ritos, mitos, y compromiso en las personas que quieran que sus instituciones perduren y que sumen cada día más adherentes. Porque muchas de las instituciones de nuestra región están en crisis porque no tuvieron la valentía de abrir el juego o extraviaron el rumbo tratando de copiar recetas que acá no se pueden aplicar.
Pero vale advertir que aparecen con frecuencia las antinomias entre los nativos –los originarios- y los que no son de ese lugar o no encajan en dicha organización. Los primeros suelen arrogarse facultades por el sólo mérito de haber estado antes, como si se tratase de una cuestión nobiliaria.
Pero no basta con conocer la historia y la trayectoria de las instituciones. Conocer el pasado de algo puede servir para trasmitir a las jóvenes generaciones valores que permitan poner al resguardo la génesis de su organización.
Pero nunca podrá ser dicho conocimiento del pasado un privilegio ni nada parecido. Es el esfuerzo de sus miembros el que hará que una institución perdure y no sólo su anclaje al pasado.
En esa titánica tarea de reconstruir la participación y el compromiso comunitario ninguna mano puede estar ausente o, mejor dicho, ninguna mano será suficiente.
En una instancia de abatimiento como la que se vive, sería una necedad absoluta desechar cualquier esfuerzo que se ofrezca, independientemente de la persona que lo haga y de su condición.
Es hora de que a los desafíos se los pueda encarar en conjunto, entre “nacidos y criados” y foráneos.
En muchos sentidos y para despertarnos, debiéramos observar lo que construyeron como Nación los vecinos de Brasil y de Chile, hoy ejemplos de crecimiento a nivel mundial.
Dicen los brasileros que de una mesa en la que participan 20 argentinos salen 20 opiniones, mientras que de idéntica mesa en Brasil sale un proyecto.
Duele el ejemplo, pero algo de certeza tiene. Y nadie puede discutir que tanto en Brasil como en Chile el sentido de pertenencia es lo que los ha ayudado a asomar la cabeza. Debiéramos sentirnos parte si queremos otro horizonte.