Es invisible a los ojos


Aunque la fecha se presta para que empresas nos ofrezcan productos, el Día del Amigo bien vale una juntada o un saludo.

No tengo muchos, pero los que tengo son muy buenos. Toleran mis espinas más agudas, los arrebatos del humor, mi negligencia, mis ansiedades, mis temores, y mis dudas.
No los tengo que llamar cuando me hace falta. Ellos están en esas ocasiones y en las felices también.
El secreto para que perdure mi amistad con ellos es que hemos hecho un pacto: no nos reprochamos nada. A veces pasan varios años hasta que me reencuentro con alguno de ellos pero el abrazo sigue siendo inconfundible y bastan dos minutos para acortar esa enorme distancia que nos separó.
A algunos los tengo cerca, muy cerca, y nos vemos dos o tres veces por semana. A otros los tengo muy lejos como es el caso de mi compañero de columna en la página 10 a quien no veo desde su casamiento, cuando todavía vivía en Argentina.
Y lo mejor de todo es que no puedo decir con exactitud por qué son mis amigos. Apelo al Principito para decir que es la esencia de ellos la que generó el lazo y como esa esencia es invisible a los ojos, resulta difícil traducirlo en palabras. Donde quiera que estén, amigos míos, salud.

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