Por: Lucas Contreras (vecino de Jesús María)

Pasado el fragor de las elecciones, la mirada de un vecino respecto de lo que considera aciertos de la gestión de los Kirchner. Otro apunte sobre la gestión presidencial.

Primaveras políticas ha habido siempre. Son penumbra de hechos impredecibles, de proyectos eclipsados, de ideólogos decadentes, de proyectos de Nación puestos a prueba; todo aparece, de todo color y textura existente. Los tiempos que corren son para quien escribe (de 20 años de edad, hijo de la década del 90), su primavera política inaugural.
En estas horas en que el compromiso de transformación está a prueba, las conclusiones son un producto inevitable. Ésta no intentará ser una lista de críticas al gobierno, pues para ello los medios de comunicación masivos (encrespados por la inminente aprobación de una Ley de Comunicación Audiovisual), el partido sojero y los mayordomos del poder recientemente electos, bastan.
Por el contrario, para mí, es hora de ver lo otro que pocas veces se nombra: Crecimiento, redistribución y trabajo, des-de hace 6 años realidad en nuestro país otrora tan sufrido. Por primera vez (en mis breves 2 décadas) veo que discurso y práctica se corresponden.
Mi generación y otras varias anteriores le deben a este tiempo, la integración de categorías de pensamiento ausentes desde hace más de 30 o 40 años.
Después de mucho tiempo, hemos podido ver un gobierno presente. Presente, en un sentido más amplio que la mera administración, un gobierno perceptible, que se comprometió con la Verdad, la Memoria y la Justicia, que logró con su plan de desarrollo el crecimiento económico más alto de la historia, el más alto nivel de distribución de las riquezas del país (PBI) en lo que va del nuevo siglo, etc..
Reitero, mi generación está viviendo, pese a que muchos no lo saben aún (pues hay quienes no quieren que se sepa), una primavera política, una época de invención y de crecimiento colectivo.
Pero hasta aquí mi relato parece ir a contracorriente de la “opinión pública”, pues son pocos los que se animan a decir estas palabras hoy. O más precisamente son pocos los que después del 11 de marzo de 2008, se animan a alabar a este gobierno nacional.
Es que la primera presidenta mujer pecó de ingenua, se creyó con una valentía pocas veces vista en la historia argentina. Las raíces del ocaso nacieron con la decisión presidencial de instalar en la agenda pública la categoría de redistribución de la riqueza; a tocar las fortunas agigantadas en pocos individuos, a proporción de lo grande del estado, no sólo perniciosas, sino ruina de un gran sector de la sociedad civil. La primavera empezó su ocaso el 11 de marzo de 2008, el comienzo del ¿final? se llamó Resolución 125/08, de eso no cabe duda.
Desde aquel célebre discurso de “los piquetes de la abundancia”, el 25 de marzo de 2008, entendí claramente quién encarnaba un proyecto progresista y quién defendía un sector económico particular. Pues el génesis del Partido Agrario (practicadores de aquella frase tanguera que dice “el que no llora no mama y el que no afana es un gil”), significó el inició del socavamiento de las bases de la gobernabilidad. Desde aquel 25 de marzo de 2008, el paradigma del estado presente presta batalla contra los que quieren un paradigma neoliberal.
El partido sojero no alcanzó para inmovilizar un estado presente: estatización de la línea aérea de bandera, de la ANSES y otras leyes estratégicas, movilizaron a un Congreso oxidado, y demostraron que la institucionalidad es una expresión que traspasa la teoría para alcanzar la práctica. La primavera pese a todo alcanzó su cumbre.
Hay tantas interpretaciones de nuestro presente histórico como proyectos políticos en vigencia coexisten en la actualidad. La pregunta es dónde están los otros proyectos. Lo que viene es pura incertidumbre, las primaveras son eso: un dilema.
Solamente espero, y este es un deseo personal, que tras la máscara del “consenso” no se inicien las otrora concesiones, y que entonces, otra vez, nos enfrentemos ante un drama nacional que viene desde el fondo de la historia.