Por: Norberto Marchetto*
* Periodista e historiador aeronáutico, Miembro del Instituto Nacional Newberyano.

Ciudad de San Francisco, hace ya varios años, 22:30 horas, esquina de Bv. Irigoyen y Paraguay. Una motocicleta colisiona con un automóvil.
El motociclista -sin casco- cae y una rueda del coche le aplasta la cabeza. La imagen que presencié 15 minutos después era la misma que ofrece una naranja al ser pisada y que, al estallar, su pulpa sale a presión, esparciéndose por el suelo en forma de abanico, con la diferencia que lo que había aquella noche sobre el pavimento no era pulpa de naranja, sino los restos de un cerebro humano reventado, el que hasta pocos momentos antes animaba la vida de un joven de 22 años que para nada presentía su destino. Pero claro, no usaba casco protector y evidentemente no supo o no quiso prever lo que podía llegar a sucederle.
La contrapartida de aquel hecho la presencié tiempo después en la ciudad de Córdoba, más precisamente en la Avenida Rafael Núñez.
También hubo un choque entre una moto y un auto. El motociclista cayó al suelo y una rueda le pasó por la cabeza. El conductor de la moto llevaba colocado el casco (de muy buena calidad, justo es decirlo) y, cuando todos pensamos lo peor, se levantó, se quitó el casco y recién en ese momento se desvaneció, por efecto del susto y no por otra cosa.
Dos situaciones similares, con derivaciones diametralmente opuestas.
Todo ello me lleva a hacer algunas reflexiones a la luz del desinterés evidenciado por parte de ciertos motociclistas en el uso del casco protector.
A diario veo a estos conductores ignorar olímpicamente el uso de ese elemento, en una actitud que pone de manifiesto, o bien su ignorancia, o bien su absoluto desprecio por la seguridad y la vida, desprecio que va más allá de la propia y se extiende irresponsablemente hacia quienes circunstancialmente lo acompañan en el rodado.
Es común ver a un hombre conduciendo, llevando como pasajeros a una mujer y a un niño entre los dos, a manera de sandwich, cuando no directamente sentado a caballo sobre el tanque. Y los tres sin casco.
Otras situaciones que suelen observarse es que muchos llevan el casco. El verbo está bien empleado. Dije “llevan”, es cierto, pero lo llevan como protector del codo, como turbante o directamente atornillado al lateral de la moto. Obviamente también están aquellos que ni siquiera lo llevan y circulan “a crina limpia”.
Incluso daría la impresión de que cuanto más baja sea la cilindrada y más endeble el estado de la moto, menos se lo utiliza, estableciendo una suerte de relación proporcional entre esas dos condiciones y el uso del casco, como si en caso de un accidente, éste fuera menos grave porque es más chica la moto o no está en buen estado, con lo cual sería menor la velocidad.
El riego existe siempre y está relacionado con el accidente en sí mismo y no con la potencia del rodado o su velocidad de desplazamiento, que pueden llevar a ser los elementos provocantes, aunque se circule despacio.
En el desplazamiento de una moto, desde el punto de vista del conjunto aerodinámico, el rodado y el conductor conforman una sola masa que podría equipararse con la carrocería de un automóvil. La moto y el conductor, conforman esa “carrocería” y tal como sucede cuando un auto choca y la carrocería sufre abolladuras, eso mismo ocurre con la “carrocería humana”, con una diferencia fundamental: las abolladuras de la “carrocería humana” no siempre pueden ser arregladas, por más bueno que sea el “chapista” y además, algo que muchos motociclistas parecen olvidar: el paragolpes es la cabeza. No en vano todo motociclista está considerado por los especialistas en seguridad del tránsito como “usuario vulnerable” y una estadística nacional dice que un 64% del total de los accidentes de tránsito son protagonizados por motociclistas.
La cabeza es lo primero que impacta, sea contra lo que sea, como consecuencia del choque. Reitero: el paragolpes es la cabeza.
Durante 10 días (alternados), me tomé el trabajo de efectuar una suerte de muestreo entre los motociclistas que ví circular por Jesús María. Registré cien rodados diarios en distintas horas y lugares, verificando en cada caso el uso o no del casco. Sin dejar de admitir que pude haber visto en algunos casos la misma moto y/o conductor, de un total de mil observaciones, cuatrocientos setenta y siete no tenían colocado el casco, lo que arroja un porcentaje del 47% de infractores imprudentes, distribuidos entre quienes viajaban solos; otros con un acompañante, no llevando éste último colocado el casco y también con dos personas y hasta tres (una de ellas un menor).
Soy un permanente observador y crítico del comportamiento humano en todas sus manifestaciones y veo que hay muchos renuentes a protegerse. A ellos va dirigido este artículo y obviamente que también al Municipio, pues a sus Autoridades les compete extremar los recaudos, controlando exhaustivamente no sólo la tenencia de la documentación correspondiente, sino también esta otra situación de manifiesta irresponsabilidad.
La obligatoriedad de los motociclistas y sus acompañantes de circular con casco protector está debidamente establecida en el Código Municipal de Tránsito, el que a su vez adhiere a la Ley Nacional que legisla sobre la materia.
Es más que obvio entonces que aquellos que no acatan las normas están en abierta infracción y por lo tanto son pasibles de las sanciones correspondientes.
Hacer cumplir los reglamentos, normas y disposiciones no es sinónimo de Municipio perseguidor o recaudador. En este caso puntual, es para proteger la vida, algo muy sagrado y que, sin embargo, los renuentes parecen no darse cuenta.
Previo al otorgarse el registro debería implantarse la obligatoriedad de que el interesado asistiera a un curso teórico en el cual se impartan normas generales de aplicación y cumplimiento, porque hay ciertos conductores que, lisa y llanamente, de normas y reglamentos no saben nada.
¿Habrá llegado el momento de modificar la Ordenanza y establecer sanciones mucho más duras?
Por muy duras que sean esas sanciones, nunca lo serán tanto como cuando debido a una actitud negligente e irresponsable ello llegue a costarle la vida a quien no sabe o no quiere protegerse.