Por: Jeremías Fernández *
* Odontólogo. Especializado en rehabilitación e implantología bucal.

Mi historia comienza cuando – luego de vivir en la ciudad de Córdoba durante 10 años, recibirme de odontólogo y perfeccionarme en el área de implantología y rehabilitación bucal- me decido a regresar a mi ciudad natal.
Hace dos años, puse en funcionamiento mi clínica odontológica. Luego, realicé un convenio con obras sociales privadas importantes, después de presentar mi currículum y mostrar las instalaciones de mi clínica, puesto que son bastante exigentes en cuanto a capacitaciones de sus afiliados.
Pasado alrededor de un mes, me dirijo al Círculo Odontológico de Jesús María, donde me contacto con su presidente, que creo se encuentra todavía ocupando esa función.
Luego de presentar todos los requisitos, al momento de incorporarme a la institución, para mi asombro, el presidente me rechazó, señalando como excusa que contaba con un convenio particular con obras sociales, que no estaban en el “paquete”de obras sociales, que tienen convenio con el círculo.
Mi primera reacción fue leer el estatuto del que surge, claramente, que uno no podía realizar convenios propios si estaba afiliado a dicho Círculo, requisito que no comparto en razón de que nadie debiera imponer con que obra social trabajar.
En fin, como es un estatuto, si uno quiere pertenecer había que aceptarlo.
Retorné y le pregunté al flamante presidente cómo era que sabía sobre mis convenios, por simple curiosidad. Él me comentó que uno de los miembros del Círculo había asistido a una reunión, en la que yo estaba también presente, de una obra social que se encuentra ¡fuera del Círculo!.
Cuando observo la lista de socios del Círculo, pasó que no sólo este profesional era el que pertenecía a otra obra social “ajena al círculo”, sino que varios de los miembros tenían convenios con tres de las obras sociales privadas más conocidas, que tampoco están dentro de las que pertenecen al Círculo.
Me pregunto… un estatuto ¿no rige para todos por igual? Le pedí una explicación al presidente y la inteligente respuesta fue: ¡estamos trabajando en eso!
“Esto viene pasando desde hace unos 10 años y, hasta ahora, nada, todo sigue igual”, le dije más interiorizado sobre el tema.
Me contestó: “bueno, pretendemos que la gente nueva sea la que comience a hacer las cosas bien”.
Y con eso cerramos. No soy el único afectado con esta discriminación.
Por todo esto, pienso que la gente que tiene a cargo instituciones como ésta debería ser la que haga cumplir leyes y obligaciones en “igual medida” para todos.
Es decir ”ley pareja, no es rigurosa”