Dentro del marco del proyecto de integración entre Jóvenes de FORMARE de la empresa MWM International y los abuelos del complejo para la Tercera Edad, seguimos repasando las anécdotas que dejaron aquellos encuentros.

Historia de Margarita González
Una niña rubia, de ojos claros, cruzaba entre los pajonales rumbo a su casa, después de haber trabajado en las huertas de Colonia Caroya, a veces cuidando niñitos muy pequeños, pero en esa ocasión había estado ayudando a recoger frutas y a seleccionar verduras.Su paso era lento, cansada por la tarea pesada en la que estuvo ayudando.
Llegaría luego a su hogar en donde la esperaba otra tarea: ayudar en la preparación de la cena y también asistir en la higiene de sus 5 hermanitos, tarea que cumplía como hija mayor.
El bulto que traía era bastante pesado. Le habían pagado su trabajo con frutas, verduras, chorizos, batatas y hasta grasa de cerdo que llevaba en una bolsa que por momentos arrastraba y otras veces cargaba al hombro. Trataba de cruzar la acequia -donde ahora es barrio Güemes- cuando la asustó un ruido extraño: era una gallina que espantada con su presencia huyó sacudiendo las alas y gritando. Margarita se detuvo a averiguar lo ocurrido. En medio de la paja y muy escondido había un nido con una cantidad considerable de huevos. La gallina, como estaba clueca empollando sus huevos, retornó a atacar.
La niña vació el contenido de las frutas y verduras muy escondido entre los yuyales y en su bolsa colocó cuidadosamente todos los huevos. Cuando logró dominar al animal enfurecido, transportó a la gallina apretándola bajo el brazo que le quedaba libre. Y así llegó a su casa muy triunfante con el hallazgo.
La reacción de su padre no fue la que ella esperaba. Entre gritos y sermones la mandó a devolver el contenido de un robo . Trabajo le dio a la niña explicar que no había robado nada, la gallina estaba lejos de toda casa y seguramente cuando nacieran sus hijitos se morirían de hambre y de sed, o los devoraría cualquier bicho salvaje. No fue tarea fácil convencer al padre, pero tal fue la constancia de la niña, que cuando logró que se colocara a la gallina con su nidada en un cajón y muy a resguardo de otros animales, recién entonces retornó a los pastizales a recuperar su carga de frutas y verduras De esa nidada pronto nacieron no sólo pollitos, sino que aparecieron hasta patitos. La niña, muy contenta cuidó a la prole que se convirtió en el inicio del gallinero familiar. La que relata todo este acontecimiento es Margarita Rosa González, nacida en Tortugas, hija de José Antonio González y Carolina Billata, su madre (piamontesa) de ahí era rubia la niña. Nació el 13 de octubre de 1924, su padre era empleado de correos, pero, por circunstancias de la vida, perdió el empleo y se trasladaron a la zona de Jesús María buscando trabajo y ayuda de familiares. La pobreza los avanzó y la niña a los 7 años iba a pedir limosna y en su aprendizaje encontró trabajó en las huertas de Colonia Caroya. No fue a la escuela pero aprendió a leer valiéndose de su ingenio. Por la noche, en la casa, recortaba letras de las revistas que le daban y armaba palabras con la ayuda de su padre.
La situación mejoró cuando el padre comenzó a trabajar como portero de escuela.
Cuenta con alegría que cuando pasó el Presidente de la República con su esposa Eva, ella pudo treparse al tren y presentarse ante ellos relatando su pobreza y le obsequiaron: comida, dinero y ropas (hasta una frazada y un tapado de terciopelo). A los 20 años aprendió a bailar tango, habilidad que la acompaña hasta nuestros días y por el resto de su vida.