Por Oscar Beas * * Grupo Ecológico Jesús María (GRUEJMA)

Para un ambientalista es difícil sustraerse a la obligación de señalar las prevenciones, que la Comunidad en la que convivimos, debe plantearse en relación al cultivo de la Soja Transgénica, cuando se van conociendo certezas o evidencias científicas que no se vislumbraban claramente en 1997.
Entonces, el gobierno menemista, por intermedio del secretario de Agricultura, Felipe Solá, autorizó, de un plumazo, la implementación masiva de la soja transgénica (semilla modificada genéticamente, resistente al Glifosato, herbicida que mata toda biodiversidad vegetal, menos a esta soja, permitiendo su crecimiento sin ningún “estorbo”).
Esta semilla y el Glifosato forman el paquete de agronegocios -quizás el más formidable de la historia- de la multinacional Monsanto, gigante económico varias veces cuestionado en EEUU y Europa por utilizar la industria química, casi exclusivamente, para generar grandes ganancias, valiéndose de influencias en centros de poder y universidades.
Decimos de un “plumazo” porque, para imponerla, se cometieron, según la crónica periodística no desmentida, serias anormalidades que invalidarían por sospechosa tal Resolución. Fue firmada sin asesoramiento técnico sanitario y aunque parezca increíble, 3 días antes del asesoramiento legal de dicho ministerio.
Destacamos también que no se cumplieron las promesas de lanzamiento de este modelo productivo, como era la eliminación de la pobreza o su masiva utilización para combatir la desnutrición infantil, algo iniciado con el apoyo de Cáritas, pero que después se desactivó al comprobarse la incidencia negativa en la nutrición y en la salud de nuestros niños.
El boom sojero se inició a partir del año 2000, llegando en la actualidad a 18 millones de hectáreas, cuando anteriormente solo llegaba a 7 millones. Generó, entre otras consecuencias, despoblamiento rural que llevó a muchos a la marginalidad y miseria de las Villas de emergencia de los centro urbanos, con su secuela de violencia e inseguridad, al carecer de recursos que la vida del campo proporciona, como son la cría de aves y animales de corral, la de animales silvestres o pequeños sembradíos.
La bonanza económica fue ocultando tales daños y al correrse la frontera agrícola, se desmontaron irracionalmente millones de hectáreas de bosque nativo, elemental para la biodiversidad y la regulación del clima.
El movimiento ecologista advertía estas consecuencias no deseadas, pero se carecía de un pronunciamiento científico que condenara estas prácticas como dañinas para la salud y el ambiente.
Esto acaba de ocurrir el pasado 13 de abril al conocerse el resultado de las conclusiones del Dr. Carrasco, del Conicet y profesor de Epidemilogia de la Universidad de Buenos Aires, quien investigó por más de 20 años los efectos del Glifosato en los embriones de anfibios, que siempre son utilizados por su similitud con los humanos.
Aquí vale decir también con respecto a los anfibios que su prácticamente, total desaparición, por efectos de las fumigaciones con agrotóxicos, es una causa más de avance del Dengue, por cuan-to los sapos son los naturales predadores del vector del mosquito Aedes.
Como vemos, todo está relacionado con nuestros comportamientos, si nos dejamos llevar únicamente por nuestra avidez de mayores ganancias a costa de la explotación descontrolada de los recursos naturales, vamos por mal camino.
Tenemos que reaccionar y reflexionar seriamente sobre el cuidado del ambiente. Las Reparticiones oficiales como el Inta y el Senasa deberían proponer explotaciones agrícolas sustentables, estimulando las producciones orgánicas libres de agroquímicos y que cada vez son más requeridas por las grandes urbes.