Un aporte para la reflexión a propósito del Día del Trabajador. Ningún otro legislador como Alfredo Palacios generó tantas leyes para asegurar los derechos de los trabajadores argentinos.

Es un día cualquiera del año 1886. Un chico de unos ocho años, alumno de la escuela Nº 4 de la ciudad de Buenos Aires, pelo corto, lacio y oscuro, raya al costado, va con un amiguito por la calle Cuyo.
En sentido contrario camina Domingo Faustino Sarmiento. Cuando se cruzan, el maestro le acaricia la cabeza. El pequeño lo reconoce y, orgulloso, le dice:
-Yo soy un niño que lee.
¿Quién era este niño que leía? ¿Quién fue este “hijo natural”, como se decía en otros tiempos, de los uruguayos Aurelio Palacios y Ana Ramón Beltrán? ¿Quién es este hombre apasionado, que pese a haber tenido una vida parlamentaria de más de 60 años, haber sido diputado, convencional constituyente y senador, murió pobre a los 85 años, en la misma casona de la calle Charcas a la que se había mudado a los 15 con su madre y sus ocho hermanos?
Su nombre: Alfredo Palacios. Su obsesión: la defensa de los trabajadores, las mujeres desamparadas, los niños. La obra monumental que legó al pueblo, a la luz de la llamada “globalización”, que es la mundialización de las desigualdades sociales, y la aplicación de políticas neoliberales que sumen en una condición terrible, el desenvolvimiento de la vida de cientos de miles de familias, aprisionadas por el cepo de la pobreza y la ignorancia, cobra permanente vigencia.

¡Cuánto te debemos Alfredo!
Desde su primera tesis doctoral, rechazada por supuesto por la mesa examinadora de entonces, pues se llamaba “La Miseria en la República Argentina”, escrita cuando tenía 21 años, el 31 de mayo de 1900, hasta su último proyecto legislativo, presentado en el año 1964, titulado “Creación del Instituto de Investigaciones Pediátricas”, toda su obra está recorrida por un profundo sentido humanista, de amor a la Patria y a los hombres, mujeres y niños que la habitan.
Su máximo aporte a la política y legislación argentinas es la idea de la “Justicia social” aplicada desde los derechos de los trabajadores hasta el orden internacional, pasando por los derechos de las mujeres y los niños, el sistema de justicia, la inversión pública, los pueblos del interior del país y el ejército.
De allí nacen infinidad de proyectos, muchos convertidos en ley que durante décadas beneficiaron a los trabajadores, garantizando sus derechos, unos pocos de los cuales todavía subsisten: ley del descanso dominical, sancionada en 1905, primera ley obrera, noventa años más tarde destruida por el menemismo; seguro obligatorio de maternidad; prohibición del despido por causa de matrimonio; ley de la Silla; inembargabilidad de sueldos, salarios, jubilaciones y pensiones, así como del lecho cotidiano, ropas, muebles e instrumentos de trabajo; derechos civiles de la mujer; ley de accidentes de trabajo; Limitación de la jornada de trabajo; descanso obligatorio en la tarde del sábado; indemnizaciones por despido; vacaciones pagas; pago de salarios en moneda nacional; jubilación de los maestros; derecho de huelga… y la lista sigue.
Alfredo Palacios, el obstinado, el del poncho, bigote y chapeo, el romántico, el rebelde, el de figura juvenil y combativa, venciendo al pasado, permanece vivo en el corazón del pueblo.